La Guerrera: Parte 1

19/10/13

La Guerrera: Parte 1
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¡Hola! Muchos me habéis animado a que escriba una novela en las encuestas. ¡Gracias!
Aquí os traigo un pequeño cuento.
¡Espero que os guste!
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Érase una vez en una pequeña montaña vivía su majestad el rey Bernardo felizmente casado con su mujer Rosalía y en compañía de su hija Elisa. 

Elisa tenía 17 años y era princesa del reino. Todas las mañanas la despertaban amablemente las doncellas que le tesón el desayuno, y mientras la princesa Elisa lo tomaba, las doncellas le preparaba un baño caliente con burbujas. Aunque esta costumbre es la que ha llevado desde de que era pequeña, Elisa se sentía incómoda al ver que las amables doncellas que traerle el desayuno todos los días, cuando ella podía hacerlo. 

Mientras se sumergía entre las burbujas y el agua caliente de la bañera, la princesa no dejaba de darle vueltas a lo que su padre le comentó en la cena de la noche anterior. Debía casarse pronto. En cualquier momento un príncipe cruzaría la puerta del castillo para pedirle la mano a la señorita Elisa, y es que la princesa ya sabía con quién quería casarse. 

Salió de la bañera, se secó y empezó a ponerse su vestido. Se trataba de Samuel. Samuel era cuatro años mayor que ella y desde hace cinco, acompaña la princesa Elisa. Era su mejor amigo. Con él podía hablar, pasear por el pueblo con mayor seguridad y confianza. 

La princesa ya estaba lista. Llevaba su vestido preferido. Era azul y estaba bordado con encajes blancos. Se tapaba con una rebeca larga negra. 

Salió a la enorme terraza del castillo donde se podía observar el grandioso jardín que reposaba a los pies del castillo y el pueblo que se situaba detrás a los pies de la montaña. 

Samuel observaba detenidamente el paisaje mientras una suave brisa del invierno le acariciaba. 

-Buenos días, princesa Elisa -le dijo haciendo una reverencia. 

-Buenos días, Samuel. 

-Hace un día precioso, ¿no le parece?

-Sí, tiene razón. 

Se quedaron unos instantes contemplando el paisaje. Era realmente bonito, precioso. 

-¿Le apetece dar un paseo, princesa?

La princesa aceptó. No podían desperdiciar ese día tan maravilloso que hacía. 

Caminaban en silencio por el jardín del castillo. 

-¿Se encuentra bien, princesa? Le moto pensativa. 

-Sí, es sólo que no dejo de darle vueltas al hecho de tener que casarme pronto. 

Samuel permaneció en silencio. Realmente no podía opinar nada al respecto aunque temía a perder esta amistad que tenían. 

La princesa Elisa al ver que Samuel no decía nada sobre este tema, no prosiguió. 

-Princesa Elisa, he de comentarle algo importante. 

Se pararon enfrente del lago y Samuel continuó ante la mirado atenta pero preocupada de la princesa. 

-No me andaré con rodeos, princesa. El pueblo estará en peligro muy pronto. Uno de nuestros caballeros ha visto soldados acercándose por el norte y a juzgar por sus escudos se trata del ejército del príncipe Carmelo. 

-Pero eso es horrible. Hay que hacer algo. -la princesa dijo preocupada y alterado al mismo tiempo. 

Samuel le puso las manos sobre los hombros de la princesa:
-No se apure su familia y usted estarán a salvo. 

-¿Y el pueblo qué? Ellos también tienen derecho a estar a salvo, ¿no le parece?

-Se refugiaran en la iglesia y el ayuntamiento del pueblo y mandaremos a algunos de nuestros soldados. 

-No es suficiente Samuel. 

Y sí. El también estaba de acuerdo. Lo que el rey le había propuesto aquella mañana no era suficiente para proteger al pueblo. 

El mensajero real se acercó al mediodía al castillo bastante alarmado. 

-Su majestad, su majestad -dijo jadeando - ya se oyen a los caballos galopar majestad, pronto nos invadirán. 

-¡Ordene a los solados y caballeros que se pongan en guardia! -bramó su majestad, expresando claramente furia y preocupación, levantándose del trono. 

Comieron en silencio. Pero la reina Rosalía y el rey Bernardo tenían que decirle algo a su hijita. 

-Hija, hay algo que tenemos que decirte. -comenzó el rey. 

-Hace 19 años nos atacaron directamente al castillo. Y yo hacía poco que había tenido un bebé. 

Samuel y Elisa miraron fijamente a la reina. 

-Y -siguió- tuvimos que dar al bebé para que no destruyeran el castillo y quemaran el pueblo. 

-Carecíamos de soldados, armas, defensa. No teníamos nada, sólo un hijo de dos semanas al que llamamos Ernesto. Nos pidieron al niño, pues la reina Lorena no podía tener hijos, y nos vimos obligados a concedérselo. 

Tanto como Samuel y la princesa se quedaron alucinando. 

-Me disculpan -dijo la princesa Elisa levantándose de la mesa. 

-Hija -le llamó la reina al borde de las lágrimas. 

Samuel se levantó de la mesa y siguió a la princesa, pero ella caminaba muy deprisa. Logró evitar el portazo de su habitación. 

-Princesa -susurró Samuel mientras se sentaba en la cama junto a la princesa. 

Le apartó el pelo de la cara y descubrió a sus ojos sollozando en silencio. 

-Princesa -volvió a susurrar, esta vez con tristeza. 

Se acercó más a ella y la abrazó. La princesa se calmó rápidamente. 

-Desahóguese, princesa. 

-Tengo un hermano que no conozco y no sé dónde está ni como está ni nada y llevo toda mi niñez jugando sola en mi cuarto y mis padres sin decirme nada. ¿A usted eso le parece bien?

-Claro que no princesa, yo la entiendo. 

-Hay algo que no me cuadra. ¿Quién es la reina Lorena?

-La reina del reino del príncipe Carmelo, princesa. Murió hace mucho tiempo, unos diez años atrás. 

-Pero si no recuerdo mal el rey Bautista está casado con la reina Mercedes y tienen un hijo que es el príncipe Carmelo, ¿no es así?

-Correcto, princesa. 

-¿Entonces de dónde sale la reina Lorena? 

-Pues... Es verdad, princesa, no cuadra. Aunque la primera esposa de del rey Bautista fue la reina Lorena. 

-Sí, pero el príncipe Carmelo tiene 30 años, ¿verdad? Entonces no puede ser mi hermano. 

-Exacto. 

-¿Entonces dónde está mi hermano?

Se quedaron en silencio, mudos. Ninguno de los dos sabía la respuesta y la princesa no iba a quedarse sin saberla. 

-Samuel, voy a buscar a mi hermano y no pararé hasta que lo encuentre. 

-Le apoyo en su decisión pero una batalla está a pito de empezar, sería peligroso. 

-Lucharé en la batalla. Es hora de que se demuestre que una princesa puede hacer algo más que ponerse un vestido y que se vea que la familia real es capaz de luchar por su pueblo y dar la cara. 

-Me deja asombrado con sus palabras. 

Samuel llamó a la doncella Belinda para hacerle el traje para la batalla. En tres horas la princesa ya estaba vestida. 

Unos pantalones largos y negros y una camiseta de manga larga con un cinturón que llevaba una pistola y un cinturón de balas que cruzaba su chaleco anti alas, habían convertido a la princesa Elisa en una auténtica guerrera. Se puso una chaqueta de cuero y mientras se ataba las botas, llamaron a la puerta. 

-Adelante. 

Se abrió la puerta y Elisa alzó la vista. Era Samuel y una vestido de caballero. 

-No pensará que me iba a quedar aquí. 

Faltaban unos diez minutos para el discurso del rey. Rápidamente Elisa cogió las flechas y el arco y bajaron a por los caballos. 

Samuel le había enseñado a montar a caballo a Elisa desde que se conocieron con lo cual ya dominaba bastante bien al caballo. Se llamaba Sueño, era marrón oscuro con una mancha blanca entre los ojos haya la nariz. 

Elisa se quedó sorprendida al ver a Sueño y a Nube (el caballo negro de Samuel). Ambos llevaban incorporado un sillín igual que los del ejército. 

-Estarán bien -dijo Samuel y le guiñó un ojo a la princesa. 

Se montaron y llegaron justo en el momento que comenzaba el rey a repartir ánimos y fuerza al ejército.

-Y somos fuertes y somos valientes y llegaremos a la victoria. 

El ejército chilló alzando sus brazos. Se marcharon hacia el norte inmediatamente y Elisa y Samuel se acercaron más hacia la escalera donde se plantaba el rey. 

-Padre -le llamó. El rey Bernardo se llevó una sorpresa mayúscula cuando vio a su hija y a Samuel montados a caballo listos para la batalla -Padre, vamos a luchar porque somos fuertes y valientes, y llegaremos a la victoria. 

La mirada de la reina se tranquilizó cuando vio a Samuel al lado de su pequeña hija. 

-Me sorprendes, hija, pero no lo impediré -sonrió y colocó la mano como la colocan los soldados cuando obedecen a las órdenes de su coronel -buena suerte. 

Samuel y Elisa imitaron el gesto y se retiraron hacia el norte.


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