La isla de los ángeles caídos: Mientras esté contigo

25/4/15

La isla de los ángeles caídos: Mientras esté contigo

A la mañana siguiente, me desperté en un bosque. Estaba en una isla perdida que no figuraba en los mapas. Era un bosque enorme, un lugar en el que era fácil perderse. Yo llevaba un vestido hasta los pies. Era de color azul cielo. Iba descalza, pero ni eso ni el vestido me molestaban. Iba medio corriendo medio andando por el bosque, hasta que llegué a un claro iluminado por la luz del crepúsculo. Allí había un chico tirado en el suelo. Tenía el pelo rubio brillante. No llevaba camiseta. Pero había algo extraño en él. Tenía unas alas en la espalda. Eran… Bellas. Eran blancas, pero a la vez, era como si fuesen de todos los colores. No podía dejar de observarlas. Pero en ese momento pasó algo. El cielo se oscureció y sus alas empezaron a cambiar de color. Se iban haciendo más oscuras, hasta llegar a un gris, casi negro. Su pelo… Fue como si se apagase.  Entonces el cielo se iluminó de nuevo y apareció una figura que descendía  velozmente de las nubes. Aterrizó con suavidad. También tenía alas. En su mano empuñaba una daga plateada. Su empuñadura estaba forrada de terciopelo rojo y tenía un diamante incrustado en la parte superior. Sin reparar en mí, se arrodilló frente al chico y le clavó la daga en el corazón. Era como si me lo hubiese hecho a mí. Sentí que me quedaba sin respiración y que me caía al suelo, arañándome con unos espinos. Haciendo un esfuerzo, cogí aire y levanté la cabeza. El ángel de la daga me estaba observando. Debería estar asustada, pero no sentía nada. Era como si el ángel rubio se hubiese llevado un pedacito de mí. Entonces el ángel de la daga pronunció unas palabras en un susurro. Su voz era aterciopelada, suave. Lo dijo muy bajito, pero de alguna forma le oí, aunque ojalá no lo hubiese hecho. “Tú. Tú has sido la que le ha matado. Tú has provocado esto.”  El ángel se desvaneció. Entonces reparé en el que estaba muerto. Había algo que me resultaba familiar en él. Lentamente me acerqué a él y le di la vuelta. Entonces una oleada de mareo y de pánico me envolvió. Era Marcos. De nuevo las palabras del ángel de la daga resonaron en mi cabeza. “Tú. Tú le has matado. Tú has provocado esto. Tú. TÚ. ¡TÚ!”.

Me desperté con las mejillas húmedas de llorar y con un sabor amargo en la boca. Había sido un sueño tan real… Fui al baño a lavarme la cara. Aún seguían resonando las palabras del ángel en mi cabeza: “Tú.” El agua me ayudó a despertarme del todo. Miré el reloj. Todavía eran las 4 y media de la madrugada. Me volví a meter en la cama, pero no me pude volver a dormir. Al final, me vestí y bajé a dar un paseo a ver si conseguía olvidarme del sueño ese… Aún no estaba saliendo el sol. Decidí ir andando hasta las montañas para matar el tiempo. Sin ser consciente, empecé a andar hacia el bosquecillo donde Marcos y yo nos dimos nuestro primer beso. Estaba al lado de un lago. El verano pasado, mis amigos y yo acampamos allí para ver la lluvia de estrellas. Al día siguiente nos bañamos en el lago. Fue un día genial.
Pero cuando llegué al lago, me di cuenta de que no era la única que no había dormido bien. Había un chico rubio sentado en la orilla dándome la espalda.
-¿Marcos?- Era él. Le habría reconocido en cualquier parte. Él se volvió y me miró. Pareció sorprendido.
-Miriam. No te he oído llegar.
-¿Qué haces aquí?- Pregunté
-Me desperté temprano y vine hasta aquí. He llegado hace un momento. ¿Y tú?
-Parecido. Tuve una pesadilla. Una tontería.- Eso no era del todo cierto, ya que no podía dejar de imaginarme a Marcos desangrándose por mi culpa.
-Ah. Siéntate, si quieres.
Yo me senté, olvidándome del enfado de la noche anterior. Empezamos a hablar, y al final, acabé durmiéndome apoyada en su hombro. Era una sensación muy agradable. Así, teniéndole a mi lado, pude dormir tranquila sabiendo que no le pasaría nada. Soñé que estaba con Marcos yendo de picnic a la orilla del lago. Como si volviésemos a estar juntos… Y que nos besábamos, que me decía que me quería…
Y entonces me desperté. Seguía junto a Marcos.
-Buenos días, princesa. ¿Tanto te aburre hablar conmigo que te duermes?- Bromeó.
-Un poco.- Sonreí.
-¿A sí?
-Sí.
-Pues ahora te vas a enterar.
Y sin darme tiempo a imaginarme sus intenciones, me agarró por la cintura y empezó a andar hacia el lago.
-¡Suéltame! ¡Marcos!- Le grité intentando soltarme.- ¡Marcos, que me sueltes!
- Si tú lo dices…
Y me soltó. Pero fue en el agua.
-¡¡¡Marcos!!! ¡Está helada!- Me quejé mientras salía corriendo.
Él se echó a reír y me dio la mano para ayudarme a salir. Yo me quejé de nuevo, pero se la cogí.
-Que sepas que estoy enfadada.
Él se rió y me dio su chaqueta.
-Póntela o cogerás frío.
-¡Por tu culpa!- Le acusé.
-¿Y qué puedo hacer para que me perdones?
Nuestras caras estaban a pocos centímetros. Solo tenía que inclinarme un poco y nuestras bocas se juntarían.
-¿Por qué no lo piensas tú?- Le reté. “Por favor, que me bese”, pensé para mis adentros.

Y me besó. Fue un beso suave, y dulce. Pero suficiente.


··Miriam Martín··


Blue Butterfly

2 comentarios:

  1. Hola:)
    Ya echaba de menos el blog. Cómo te dije, llevaba tiempo sin pasarme.
    Me ha encantado la entrada, nada más entrar, es la que he leído y me ha encantado.
    Escribes de maravilla!!
    Me quedo por aquí cotilleando.
    Besos
    Alexa

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    Respuestas
    1. Me alegro de poder volver a verte por aquí. :)

      La verdad es que precisamente este relato no lo he escrito yo, lo ha escrito Miriam Martín, una escritora a la que os presentaré muy pronto. :D

      Me alegro de que te haya gustado.

      Blue Butterfly

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